El primer suspiro de amor es el último de la razón
La dama
En aquel palacio sueco, descendía el príncipe con su musa por aquella bella escalinata. La moqueta inglesa, ornamentada sutilmente de un rojo vivo cubría los grandes escalones de mármol italiano, amortiguando los pasos de su grandeza, generando en el ambiente un baile frágil y tenue.
El príncipe, contemplaba al bajar los ojos de su bella dama y con una delicada sonrisa se dirigió a ella besándola como nunca lo había hecho.
Su musa era preciosa, el reflejo de luz en su cabello platinado daba una sensación de poseer una luz propia del alma, del cuerpo, de ella.
Su mirada era inocente y pura, como la de una pequeña niña que atisba al mundo como un lugar nuevo por conocer.
En el hall, un gran reloj de oro y plata observaba su descenso marcando las seis de la tarde y junto a dicha reliquia aquel leal mayordomo que esperaba por su realeza.
Inclinándose y revelando una reverencia, el criado acompaño a los anfitriones a la sala de estar donde los invitados esperaban por su majestad.
La sala estaba repleta de diferentes figuras de la realeza y aristócratas que recibieron con alaridos de júbilo a su magnificencia.
El elogio era ingente, simplemente magnifico, las personas mas ricas y poderosas de Europa adulaban al príncipe y a su doncella como si fueran dioses.
En el convite, la política no tuvo transigencia. Los tópicos desarrollados fueron reflexiones del amor escritas por los clásicos autores de la literatura griega.
Predominaba en el lugar, un interesante aroma creado por el singular contraste de los cigarros importados y los perfumes más caros de la nobleza.
Mientras dicha distinguida reunión tomaba color, el príncipe tomo con sutileza a su dama y la aparto rápidamente del bullicio.
Con un paso veloz dejaron atrás a sus invitados, Atravesando la habitación de huésped y la gran casa de trofeos arribaron al gran jardín.
Al llegar el la beso suavemente y por un momento contemplaron detenidamente lo majestuoso.
El lugar era tan bello como el paraíso, su superficie estaba cubierta por una hierba tan suave como algodón, las exóticas flores danzaban en una suave brisa inspiradora y las estrellas brillaban majestuosamente alumbrando el precioso lago que decoraba aquella proporción de terreno divino.
El príncipe deseaba con ansias hacerle el amor a su amada , sin importar sus invitados ni el lugar donde estaban, solo quería estar con ella, escaparse, fugarse al cielo, entregar todo al olvido e intimar con ella hasta llegar al cosmos.
La noche era perfecta. El ambiente prácticamente los obligaba a realizar aquel acto imprudente, sin pensar en cualquier tipo de consecuencia.
El príncipe beso apasionadamente a su dama y mientras acariciaba su cabello comenzó a quitarse la ropa fugazmente. Cuando se percató de que algo no andaba bien.
Sus zapatos de charol se despegaron de la superficie y bruscamente se levitó en una niebla turbia que lo cegó por unos segundos.
Otra vez había sucedido, otra vez el hombre había soñado.
“El príncipe” yacía en un hórrido cojín casi sin plumas pensando en lo que había pasado. Otra vez había volado en una vida utópica, totalmente ajena e inalcanzable.
Su palacio no era más que una casa de pocas maderas que se caía a pedazos día tras día. Sus zapatos de charol no eran más que unas anticuadas sandalias estropeadas, y su traje unos simples trapos rancios y sucios.
Su cara estaba estropeada y su olor era putrefacto. Sus dientes estaban tan picados que apenas se los veía.
Era un ser repugnante totalmente ajeno a lo que era en sus sueños.
Le costaba creer, en su vaga conciencia, que era analfabeto. Su escasez de conceptos lo llevaban a imaginar un mundo paralelo que nunca seria de el.
Lo único que era real en su vida y la razón de su existencia era su amada, su doncella, su princesa.
La dama elegante y hermosa se encontraba junto a el, observándolo, tan hermosa ante sus ojos, tan sutil, tan majestuosa.
Las lágrimas del indigente príncipe comenzaron a deslizarse rápidamente por sus desaseadas mejillas. Este sabía que su dama no viviría mucho más. Apenas podía caminar la doncella, y su pelo cada vez escaseaba más.
La dama padecía de alguna extraña enfermedad que le causaba un cuantioso dolor que no le permitía dormir.
El príncipe sabia muy bien que ella era la única razón por el cual el vivía.
Era parte de el, era realmente su vida.
El frío lo atosigaba y ya se había desvelado. Cada vez que soñaba ser alguien, su depresión al despertar era colosal.
Realmente tenia miedo, su dama, por primera vez lo dejaría solo y se iría para siempre aquella doncella que supo aceptarlo y entenderlo siempre siendo leal a el.
Al pasar las horas el príncipe volvió a dormir, pero esta vez no soñó. Solo gozo del silencio que azotaba en aquella noche sin estrella alguna.
Fueron largas horas de un sueño profundo hundido en su pobreza irreversible.
Al salir el sol el príncipe abrió los ojos y vio lo que tanto temía.
Su amada yacía en la mugrienta superficie tiesa como una tabla.
El hombre se dio cuenta de lo mucho que le dolía. Su miserable vida se había acabado. El único ser que el había amado estaba muerto.
Se redujo al llanto de una manera aterradora con alaridos estrepitantes.
Su amada había sucumbido y lo había dejado solo.
Entre el llanto estremecedor comenzó a recordar todo momento vivido con su dama.
Lo recodaba tan bien, recordaba detalladamente cuando la encontró siendo apenas una linda perrita que apenas tenía cabello.
El se quitaría la vida no podía vivir sin ella, sin su doncella, sin su precioso can.
Pero antes le parecía correcto intercambiar fluidos para partir feliz con su bella dama.
Matias Brichetto